Los justos

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KALIAYEV. —(a Annenkov). Tú eres el jefe. Tu deber es quedarte aquí.

ANNENKOV. —Un jefe tiene a veces el deber de ser cobarde. Pero a condición de que se ponga a prueba su firmeza, llegado el caso. Estoy decidido. Stepan, tú me reemplazarás el tiempo que haga falta. Ven, tienes que conocer las instrucciones.

(Salen. Kaliayev se sienta. Dora se le acerca y le tiende una mano. Pero cambia de opinión).

DORA. —Tú no tienes la culpa.

KALIAYEV. —Le hice daño, mucho daño. ¿Sabes qué me dijo el otro día?

DORA. —Repetía sin cesar que era feliz.

KALIAYEV. —Sí, pero me dijo que no había felicidad para él fuera de nuestra comunidad. «Estamos nosotros, decía, la organización. Y después no hay nada. Es una orden de caballería». ¡Qué lástima, Dora!

DORA. —Volverá.

KALIAYEV. —No. Me imagino lo que yo sentiría en su lugar. Yo estaría desesperado.

DORA. —Y ahora, ¿no lo estás?

KALIAYEV. —(con tristeza). ¿Ahora? Estoy con vosotros y soy feliz como lo era él.

DORA. —(lentamente). Es una gran felicidad.

KALIAYEV. —Es una felicidad muy grande. ¿No piensas como yo?


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