Los justos
Los justos DORA. —(lanzando un grito). Entonces di que sÃ, querido, si lo piensas y si es cierto. SÃ, frente a la justicia, delante de la miseria y del pueblo encadenado. SÃ, sÃ, te lo ruego, a pesar de la agonÃa de los niños, a pesar de los ahorcados y de los azotados hasta la muerte…
KALIAYEV. —Calla, Dora.
DORA. —No, que una vez por lo menos hable el corazón. Espero que me llames, a mÃ, a Dora, que me llames por encima de este mundo envenenado de injusticia…
KALIAYEV. —(brutalmente). Calla. Mi corazón sólo me habla de ti. Pero, dentro de un instante, no deberé temblar.
DORA. —(enajenada). ¿Dentro de un instante? SÃ, me olvidaba… (Se rÃe como sà llorara). No, está muy bien, querido. No te enojes, no he sido razonable. Es el cansancio. Yo tampoco hubiera podido decirlo. Te quiero con el mismo amor un poco fijo, en la justicia y las prisiones. El verano, Yanek, ¿recuerdas? Pero no, es el eterno invierno. No somos de este mundo, somos justos. Hay un calor que no es para nosotros. (Apartándose). ¡Ay, piedad para los justos!
KALIAYEV. —(mirándola con desesperación). SÃ, ésa es nuestra parte, el amor es imposible. Pero mataré al gran duque, y habrá entonces una paz tanto para ti como para mÃ.
DORA. —¡La paz! ¿Cuándo la encontraremos?