Los justos
Los justos LA GRAN DUQUESA. —¡La misma voz! La misma voz que él. Todos los hombres adoptan el mismo tono para hablar de la justicia. Él decÃa «¡Eso es justo!», y uno debÃa callar. Tal vez se equivocaba, tal vez tú te equivocas…
KALIAYEV. —Él encarnaba la suprema injusticia, la que hace gemir al pueblo ruso desde hace siglos. Por ello, sólo recibÃa privilegios. Aunque yo me equivocara, la prisión y la muerte son mi pago.
LA GRAN DUQUESA. —SÃ, tú sufres. Pero a él lo mataste.
KALIAYEV. —Murió sorprendido. Una muerte asà no es nada.
LA GRAN DUQUESA. —¿Nada? (Más bajo). Es cierto. Te trajeron enseguida. Parece que pronunciabas discursos en medio de los policÃas. Comprendo. Eso te ayudarÃa. Pero yo llegué unos segundos después. Vi. Puse en una camilla todo lo que pude encontrar. ¡Cuánta sangre! (Una pausa). Yo llevaba un vestido blanco…
KALIAYEV. —Cállese.
LA GRAN DUQUESA. —¿Por qué? Digo la verdad. ¿Sabes qué hacÃa él dos horas antes de morir? DormÃa. En un sillón, con los pies sobre una silla… como siempre. DormÃa, y tú lo esperabas, en la noche cruel… (Llora). Ayúdame ahora. (Él retrocede, rÃgido). Eres joven. No puedes ser malo.
KALIAYEV. —No he tenido tiempo de ser joven.