Los justos
Los justos LA GRAN DUQUESA. —(se yergue). ¿Morir? ¿Quieres morir? No. (Se acerca a Kaliayev con gran agitación). Debes vivir y convencerte de que eres un asesino. ¿No lo mataste? Dios te justificará.
KALIAYEV. —¿Qué Dios, el mÃo o el suyo?
LA GRAN DUQUESA. —El de la Santa Iglesia.
KALIAYEV. —La Santa Iglesia no tiene nada que ver con esto.
LA GRAN DUQUESA. —Ella sirve a un señor que también conoció la prisión.
KALIAYEV. —Los tiempos han cambiado. Y la Santa Iglesia ha escogido entre la herencia de su señor.
LA GRAN DUQUESA. —¿Qué ha escogido? ¿Qué quieres decir?
KALIAYEV. —Se ha quedado con la gracia y dejó en nuestras manos el ejercicio de la caridad.
LA GRAN DUQUESA. —¿A nosotros? ¿A quiénes?
KALIAYEV. —(gritando). A todos los que ustedes ahorcan. (Silencio).
LA GRAN DUQUESA. —(con dulzura). Yo no soy enemiga vuestra.
KALIAYEV. —(con desesperación). Lo es, como todos los de su raza y de su clan. Hay algo todavÃa más abyecto que ser un criminal, forzar al crimen a quien no ha nacido para él. MÃreme. Le juro que yo no estaba hecho para matar.