Los justos
Los justos LA GRAN DUQUESA. —(irguiéndose). Voy a dejarle. Pero vine aquà para conducirle a Dios, ahora lo sé. Usted quiere juzgarse y salvarse solo. No puede hacerlo. Dios podrá, si usted vive. Pediré gracia para usted.
KALIAYEV. —Se lo suplico, no lo haga. Déjeme morir o la odiaré mortalmente.
LA GRAN DUQUESA. —(en la puerta). Pediré gracia para usted, a los hombres y a Dios.
KALIAYEV. —No, no, se lo prohÃbo. (Corre a la puerta para encontrar de repente a Skouratov. Kaliayev retrocede, cierra los ojos. Silencio. Mira a Skouratov de nuevo). Le necesitaba.
SKOURATOV. —Aquà me tiene, encantado. ¿Por qué?
KALIAYEV. —Necesitaba despreciar de nuevo.
SKOURATOV. —Lástima. VenÃa a buscar la respuesta para mÃ.
KALIAYEV. —Ya la tiene.
SKOURATOV. —(cambiando de tono). No, todavÃa no la tengo. Escuche bien. He facilitado esta entrevista con la gran duquesa para poder publicar mañana la noticia en los periódicos. El relato será exacto, salvo en un punto. Consignará la confesión de su arrepentimiento. Sus camaradas pensarán que usted los ha traicionado.
KALIAYEV. —(tranquilamente). No lo creerán.