Los justos
Los justos VOINOV. —(acercándose a ella). No, Dora. Nunca hemos dudado de él.
DORA. —(caminando de un extremo a otro de la habitación). SÃ… Tal vez… Perdonadme. ¡Pero qué importa, después de todo! Vamos a saberlo esta noche… Ah, pobre Alexis, ¿qué has venido a hacer aquÃ?
VOINOV. —A reemplazarlo. Lloré, estaba orgulloso al leer su discurso en el proceso. Cuando leÃ. «La muerte será mi suprema protesta contra un mundo de lágrimas y de sangre»… me eché a temblar.
DORA. —Un mundo de lágrimas y de sangre… Dijo eso, es cierto.
VOINOV. —Lo dijo… ¡Ah, Dora, qué valor! Y al final su gran grito «Si he estado a la altura de la protesta humana contra la violencia, que la muerte corone mi obra con la pureza de la idea». Entonces decidà venir.
DORA. —(escondiendo el rostro en sus manos). Él querÃa la pureza, sÃ. ¡Pero qué atroz coronación!
VOINOV. —No llores, Dora. Ha pedido que nadie llore su muerte. Oh, le comprendo tan bien ahora. No puedo dudar de él. He sufrido por haber sido cobarde. Y después arrojé la bomba en Tiflis. Ahora no me diferencio de Yanek. Cuando me enteré de su condena, sólo tuve una idea, ocupar su sitio, ya que no habÃa podido estar a su lado.