Los justos
Los justos DORA. —(con voz cambiada, enajenada). No lloréis. ¡No, no, no lloréis! Ya veis que es el dÃa de la justificación. Algo se eleva en esta hora, que es nuestro testimonio de rebeldes, Yanek ya no es un asesino. ¡Un ruido terrible! Bastó un ruido terrible para retornar a la alegrÃa de la infancia. ¿Recordáis su risa? ReÃa sin motivo a veces. ¡Qué joven era! ¡Ahora debe de estar riendo, con la cara pegada a la tierra! (Se dirige hacia Annenkov). Boria, ¿eres mi hermano? ¿Dijiste que me ayudarÃas?
ANNENKOV. —SÃ.
DORA. —Entonces haz eso por mÃ. Dame la bomba. (Annenkov la mira). SÃ, la próxima vez. Quiero arrojarla yo. Quiero ser la primera en arrojarla.
ANNENKOV. —Sabes que no queremos mujeres en primera lÃnea.
DORA. —(con un grito). ¿Soy yo una mujer, ahora?
(La miran. Silencio).
VOINOV. —(despacito). Acepta, Boria.
STEPAN. —SÃ, acepta.
ANNENKOV. —Era tu turno, Stepan.
DORA. —Me la darás, ¿verdad? La arrojaré. Y más tarde, en una noche frÃa…
ANNENKOV. —SÃ, Dora.
DORA. —(llorando). ¡Yanek! ¡Una noche frÃa, y la misma cuerda! Todo será más fácil ahora.