Juvenilia
Juvenilia He hablado de Benito Neto. Era un misterio profundo cómo Benito había conseguido, allá en épocas remotas y sin duda a favor de algún sacudimiento, de alguna convulsión caótica, ¡nada menos que una llave del portón de la calle Bolívar! Nadie sabía dónde la guardaba, y todas las empresas organizadas para robársela dieron siempre un fiasco completo. Benito la cuidaba, la aceitaba con frecuencia y tenía un aparato especial para extraer del caño todas las pelusas y migajas parásitas que iban allí a alojarse. Era para él el caballo del árabe o del gaucho, el fusil del cazador, la mandolina del provenzal errante, el instrumento y el sustentáculo de su vida. Como con el rastreador Calíbar todos los prisioneros que tentaban evadirse, éranos forzoso contar con Benito cuando nos animaban iguales designios. Benito oía en silencio y luego preguntaba tranquilamente: «¿Dónde vamos?». Porque él no prestaba la llave jamás, no la alquilaba, no la vendía. Él era siempre de la partida, fuese cual fuese el objetivo. En vano se le observaba: «¡Benito, estamos los tres invitados a un baile!», «Me presentarán». «¡Vamos a una comida a casa de Fulano!», «Comeré». «¡Una tía mía está muy enferma!», «La velaré». «¡Tengo una cita y…!», «Ha de haber alguna chinita sirviente». Todo tenía respuesta, y le hemos visto asistir gravemente, con su eterno jacquet canela, a entierros de lejanos parientes de algún estudiante cuya conducta no había merecido un permiso de salida y que acudía al arte de Benito. Era el lord Flamborough de Sandeau, pegado al joven homeópata como la ostra a la peña.