La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Comenzaba a anochecer. El animal se acercó unos treinta pasos más y luego se quedó parado. Y tras él aparecieron en el agua otros siete u ocho animales iguales, que, inseguros y tambaleándose, fueron aproximándose al lugar en que Abe protegÃa a su Queridita Li.
—¡No mires, Li! —gritó Abe. Pero era innecesario, porque Li no se hubiera atrevido a mirar por nada del mundo.
Del mar surgieron nuevas sombras que se acercaron en semicÃrculo.
«Serán ya sesenta, por lo menos», contó Abe mentalmente.
«Aquello claro de allá es el albornoz de mi Queridita Li». SÃ, el albornoz sobre el que dormÃa hacÃa un momento. Mientras tanto, los animales se acercaban hacia «aquello claro de allá», que estaba extendido en la arena.
Entonces Abe hizo algo natural y sin sentido, como aquel caballero de Schiller que entró en la jaula del león a recoger el guante de su dama. ¡Qué se puede hacer! ¡Hay tantas cosas naturales y sin sentido que los hombres harán mientras el mundo sea mundo! Sin pensarlo, con la cabeza erguida y los puños apretados, Abe Loeb se metió entre los animales para recuperar el albornoz de su Queridita Li.