La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Los animales retrocedieron un poco, pero no escaparon. Abe recogió el albornoz, se lo echó sobre el hombro, como un torero, y se quedó parado.
—Abe… —gemÃa una voz tras él.
Abe se sintió animado por una fuerza poderosa y un gran valor.
—Bueno, ¿qué hay? —les dijo a aquellos animales, y se les acercó un poco más—. ¿Qué diablos queréis?
—Chiss, chiss, chiss… —hizo uno de los animales. Y después, con una especie de sonido gutural y desvencijado, se oyó—: ¡Naif!
—Naif —resonó de nuevo un poco más lejos—. ¡Naif, naif!
—A-be…
—No tengas miedo, Li, parece que piden knives, cuchillos…
—Li, Li, Li —ladraron los bichos—. A-be, A-be…
Abe creÃa estar soñando.
—¿Qué pasa? ¿Qué quieren?
—¡Naif!
—A-be… —gimió Queridita—, ¡por favor, ven aquÃ!
—En seguida. ¿Queréis decir knife, cuchillo? Yo no tengo aquà ningún cuchillo, no voy a haceros daño. ¿Qué más queréis?