La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Chiss, chiss… —parecÃa que masticaban ruidosamente. Balanceándose, se acercaban a Abe.
Abe se enrolló el albornoz alrededor del brazo, pero no retrocedió ni un paso.
—Chiss, chiss —repetÃan los extraños animales.
—¿Qué quieres? —preguntó Abe a un animal que se le acercaba. ParecÃa que le ofrecÃa su pata delantera, pero a Abe no le hacÃa demasiada gracia.
—¿Qué quieres? —dijo con cierta aspereza.
—Naif —ladró el animal, y soltó de su pata algo blanco, como una gota de agua. Pero no era ninguna gota, porque rodó por la arena.
—Abe —sollozaba Li—, ¡no me dejes aquÃ!
Mr. Abe habÃa perdido completamente el miedo.
—¡QuÃtate de mi camino! —dijo, y agitó el albornoz delante del animal. Los animales, sorprendidos, retrocedieron rápidamente con torpeza. Ahora ya podÃa Abe alejarse con honor, pero todavÃa se dijo: «¡Que vea Li lo valiente que soy!», y se agachó a recoger aquello blanco que el animal habÃa dejado caer en su pata. Eran tres bolitas finas y muy brillantes. Mr. Abe las acercó a sus ojos, porque ya oscurecÃa.
—A-be —gemÃa la abandonada Li.
—Ya voy —respondió Mr. Abe—. Li, tengo un regalito para ti; Li, te traigo una cosa.