La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Haciendo girar el albornoz sobre su cabeza, Mr. Abe Loeb caminaba por la playa como un joven dios.
Li estaba en cuclillas, hecha un ovillo, y temblando.
—Abe… —sollozó— ¿cómo puedes…, cómo puedes…?
Abe se inclinó solemnemente ante ella.
—Lily Valley, los dioses marinos, o sea los tritones, vinieron a rendirte homenaje. He de comunicarte que, desde los tiempos en que Venus surgió de la espuma, ninguna artista habÃa despertado tanta admiración como tú. Como prueba de ello, te envÃan los tritones… —Abe extendió su mano— estas tres perlas.
—No digas tonterÃas, Abe —refunfuñó Queridita Li.
—Hablo en serio, Li. Mira y verás que son verdaderas.
—¿A ver? —lloriqueó Li, y con sus trémulos dedos tocó las tres bolitas blancas—. Abe —suspiró—, ¡si son perlas! ¿Las has encontrado en la arena?
—Pero Li, queridita, las perlas no se crÃan en la arena.
—Sà que se crÃan —afirmó Queridita—. ¿Lo ves? Ya te decÃa yo que aquà habÃa montones de perlas.