La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Los señores empezaron a preparar, llenos de entusiasmo, los detalles técnicos de la peligrosa empresa. Abe hizo un guiño a Queridita.
—¡Ya deberÃas estar en la cama! —le dijo, y otras cosas por el estilo.
Li se marchó obediente.
—¿Sabes, Abe? —dijo ya en su camarote—, yo creo que será una pelÃcula fantástica.
—Será, Queridita —afirmó Abe, tratando de besarla.
—Hoy no, Abe —se defendió Queridita—, has de comprender que debo concentrarme terriblemente para mañana.