La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras La señorita Li se estuvo «concentrando» todo el día. La pobre doncella Greta tuvo que preparar baños con sales y esencias importantísimas, lavado de cabellos con champú, masaje, maquillaje, pedicura, ondulación y peinado, planchado de vestidos, alguna pequeña reforma y aún muchas cosas más. Judy, arrastrada por el entusiasmo general, ayudaba a Queridita Li con desinterés. Hay momentos en que las mujeres saben ser extraordinariamente leales entre sí, por ejemplo, cuando se trata de vestidos. Mientras que en el camarote de la señorita Li reinaba esta actividad febril, los hombres se habían reunido y, junto a los ceniceros y a las copas de licor, discutían su plan estratégico: dónde se situaría cada uno y de qué se ocuparían en caso de ocurrir algo desagradable. Durante dicha conferencia, el capitán fue ofendido varias veces en relación a las cuestiones de mando. Por la tarde, se llevó a la playa la cámara de filmar, una pequeña ametralladora, una cesta con cubiertos y comida, fusiles, gramófono y otros útiles necesarios en caso de guerra. Todo esto fue magníficamente camuflado entre hojas de palma. Antes de la caída del sol, tres hombres de la tripulación y el capitán en funciones de comandante ocuparon sus puestos. Después fue llevado a la orilla un enorme cesto con algunas pequeñeces de uso personal de la señorita Lily Valley; un poco más tarde, llegaron Fred y la señorita Judy y, finalmente, empezó a ponerse el sol en toda su magnificencia tropical.