La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Mientras tanto, el señor Abe golpeaba con sus nudillos, ¡ya por décima vez!, en la puerta del camarote de la señorita Li.
—Queridita, en serio, ya es hora de que bajemos.
—En seguida, en seguida —contestó la voz de Queridita—. Por favor, ¡no me pongas aún más nerviosa! Es preciso que me arregle un poquito, ¿no?
El capitán, en la playa, examinaba detenidamente la situación. Allá, sobre la superficie de las aguas, brillaba como una especie de cinturón, separando el oleaje del mar de las tranquilas olas de la laguna: «Como si hubiera bajo el agua alguna especie de dique o rompeolas», pensó el capitán. «Quizá sea arena o un banco de coral, pero más parece una obra artificial». Un lugar extraño era aquél. En la tranquila superficie de la laguna aparecÃan ya, de vez en cuando, algunas cabezotas negras que se aproximaban a la orilla. El capitán frunció los labios y apretó intranquilo su pistola. «Mejor serÃa», pensó, «que esas chicas se quedaran en el barco». Judy se puso a temblar, colgándose frenética del brazo de Fred. «¡Qué fuerte es, Dios mÃo», pensó, «y cómo le quiero!».
Por fin el último bote abandonó el yate. En él iba la señorita Lily Valley, con un bañador blanco y un dressing-gown transparente en el que, en apariencia, serÃa arrojada por las olas después de su naufragio. Con ella iban también la señorita Greta y Mr. Abe.