La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¿Por qué remas tan despacio, Abe? —le echó en cara Queridita.
Mr. Abe miró las negruzcas cabezas que se acercaban a la orilla y no dijo nada.
—Chiss, chiss…
—Chiss.
Mr. Abe encalló el bote en la playa y ayudó a bajar de él a Li y a la señorita Greta.
—Ve corriendo y prepárate para filmar —le susurró al oÃdo la artista—. Cuando te diga «¡ahora!» empieza en seguida.
—Si ya no se ve nada —objetó Abe.
—Pues tendrá que iluminarte Judy. ¡Greta!
Mientras que Mr. Abe ocupaba su puesto junto a la cámara, la artista se dejó caer en la arena como un cisne moribundo, y la señorita Greta le arregló los pliegues de su dressing-gown.
—Que se me vean un poco las piernas —susurró la náufraga—. ¿Ya está? Pues vete. Abe, ¡ahora!
Abe empezó a darle vueltas a la manivela.
—Judy, ¡luz!
Pero la luz no se encendió. Del mar salÃan sombras tambaleantes que se acercaban a Li. Greta tuvo que taparse la boca para no gritar.
—¡Li! —gritó Mr. Abe— ¡huye, Li!
—Naif, chiss, chiss, chiss… Li, Li, Abe…
Alguien preparó el revólver.