La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Diablos, no disparen! —murmuró el capitán.
—¡Li! —gritó Abe dejando de rodar—. ¡Judy enciende!
Li, lentamente, con movimientos graciosos, se levantó y empezó a alzar sus brazos al cielo. El ligero dressing-gown resbaló de sus hombros. La blanca Li apareció levantando sus encantadores brazos sobre la cabeza, como hacen los náufragos al volver en sà de su desmayo. Mr. Abe hizo girar furiosamente la manivela.
—¡Caramba, Judy, enciende ya!
—Chiss, chiss, chiss…
—Naif, naif…
—Naif…
—A-be
Las sombras negras se balanceaban y cerraban el cÃrculo alrededor de la blanca Li. ¡Alto, alto!, ¡aquello no era un juego! Li ya no levantaba los brazos sobre su encantadora cabecita, sino que trataba de apartar algo de su cuerpo, gritando:
—Abe, Abe, ¡me han tocado!