La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras En aquel momento todo quedó iluminado por una luz cegadora. Abe movió rápidamente la manivela, Fred y el capitán, con los revólveres preparados, corrieron hacia Li, que estaba en cuclillas, sollozando aterrorizada. Al mismo tiempo se vio correr a decenas y cientos de aquellas largas y oscuras formas que, aterradas por la luz, se precipitaban en la laguna. Dos marineros tiraron una red sobre una de las sombras que huía, a la vez que Greta se desmayó, desplomándose como un saco. Se oyeron dos o tres disparos; el mar se agitó como si estuviera en ebullición. Los marineros que sostenían la red estaban echados sobre algo que se retorcía y forcejeaba. De pronto, la luz en manos de la señorita Judy se apagó.
El capitán encendió su linterna de bolsillo.
—Niña, ¿no le ha ocurrido nada?
—¡Un bicho de ésos me ha tocado una pierna! —gimió Queridita—. Fred ¡ha sido algo tan terrible!
Mr. Abe se acercó también con su linterna.
—¡Ha sido magnífico, Li!, pero Judy debía haber iluminado antes —dijo.
—¡Si no quería encenderse! —gritó Judy—. ¿Verdad que no quería encenderse, Fred?
—Judy tenía miedo —trató de disculparla Fred—. Les juro que no lo ha hecho adrede, ¿verdad Judy?