La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Judy se sintió ofendida. Mientras tanto, se habÃan acercado los dos marineros, llevando en la red algo que se agitaba como un enorme pez.
—¡Aquà lo tiene, capitán! ¡Y vivito!
—El muy granuja… Nos tiraba una especie de veneno. Tengo las manos llenas de ampollas, y queman como el infierno.
—¡A mà también me tocó! —gimió la señorita Li—. Abe, enciende. ¿No tengo aquà alguna ampolla?
—No, no tienes nada, Queridita —le aseguró Abe, que hubiera besado muy a gusto su rodilla. Pero Queridita, preocupada, seguÃa restregándose la pierna.
—Era algo tan frÃo y desagradable… —se quejó Queridita.
—Ha perdido usted una perla, señorita —dijo de pronto uno de los marinos, entregando a Li una bolita que acababa de recoger de la arena.
—¡Dios mÃo, Abe! ¡Si me han traÃdo otra vez perlas! —gritó la señorita Li—. ¡Muchachos, vengan a ayudarme a buscar perlas! Por aquà debe de haber una barbaridad de perlas, esos pobrecitos me las han traÃdo. Son simpatiquÃsimos, ¿verdad, Fred? ¡Otra perla! ¡Y aquÃ!
Tres linternas volvieron sus cÃrculos luminosos hacia el suelo.
—¡He encontrado una tremenda!