La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Es mÃa! —gritó la señorita Li.
—¡Fred! —sonó la frÃa voz de Judy.
—¡En seguida! —respondió Fred, que estaba de rodillas en la arena.
—Fred, quiero volver al yate.
—Alguien te puede llevar —aconsejó Fred muy ocupado—. ¡Caramba, qué divertido es esto!
Tres hombres y una señorita, Queridita Li, se movÃan por la arena como enormes luciérnagas.
—¡Aquà hay tres perlas! —anunció el capitán.
—¿A ver, a ver? —gritó Li entusiasmada arrastrándose de rodillas hacia el capitán.
En aquel momento brilló la luz de magnesio y se oyó la manivela de la cámara cinematográfica.
—Bien, ahora sà que los he filmado —declaró vengativa Judy—. Será una magnÃfica fotografÃa para los periódicos. «La Alta Sociedad Americana busca perlas». «Lagartos marinos arrojan perlas a la gente».
Fred se sentó de pronto.
—¡Caramba! Judy tiene razón. Eh, chicos, debemos publicar esto en los periódicos.
Li se puso de pie.
—Judy es un encanto. Judy, por favor, rueda algunas escenas más, esta vez de frente.
—PerderÃas mucho, Queridita —aseguró Judy.