La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El señor Povondra recordó a aquel hombre grandote y fuerte con la gorra de marinero, el capitán al que una vez dejó pasar a entrevistarse con el señor Bondy. «¡Sà que le deben ir las cosas mal!», pensó el señor Povondra. «¡Capitán, y tiene ahora que recorrer el mundo con un circo tan miserable y en una tienducha asÃ! ¡Si era un hombre con tan buen aspecto! DeberÃa entrar a verlo», se dijo el señor Povondra compasivo.
Mientras tanto, el hombrecito habÃa colgado, junto a la entrada de la tienda, otro cartel:

El señor Povondra dudó. Dos coronas por él y una por el niño era demasiado dinero. Pero Frantik estudiaba bien, y conocer los animales exóticos también es instructivo. El señor Povondra estaba dispuesto a sacrificar algo por la cultura y, decidido, se acercó al hombrecito pequeño y seco.
—Amigo —dijo—, quisiera hablar con el capitán J. van Toch.
El hombrecito infló el pecho bajo la camiseta a rayas.
—Servidor de usted, señor.
—¿Usted es el capitán van Toch? —se extrañó el señor Povondra.
—SÃ, señor —respondió el hombrecito, señalando un ancla que llevaba tatuada en la muñeca.