La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Además, hace perfectamente un nudo en una cuerda —anunció el hombrecito. Y le dio una cuerda sucia. El animal la sostuvo algún tiempo entre sus dedos y luego hizo un magnÃfico nudo.
—Ahora tocará el tambor y bailará —cacareó el hombrecito, dándole al animal un tambor y unos palillos. El animal dio algunos golpes en el tambor y contoneó la parte superior de su cuerpo. Al hacerlo, se le cayó un palillo al agua.
—¡Aparta, estúpida! —exclamó el hombrecito recogiéndolo—. Y este animal —añadió aumentando la solemnidad de su voz— es tan inteligente y listo que sabe hablar como cualquier persona. —Al decir esto, batió palmas.
—Guten Morgen —graznó el animal guiñando dolorosamente sus párpados—. Buenos dÃas.
El señor Povondra casi se asustó, pero a Frantik no le causó la menor impresión.
—¿Qué se le dice al distinguido público? —le preguntó secamente el hombrecito.
—¡Bienvenidos! —dijo la salamandra inclinándose. Sus agallas se abrieron convulsivamente.
—Wellcome, Benvenuti.
—¿Sabes contar?
—Sé.
—¿Cuánto son seis por siete?