La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Cuarenta y dos —contestó con dificultad la salamandra.
—¿Lo ves, Frantik, qué bien sabe contar? —advirtió papá Povondra.
—Señoras y caballeros —cacareó nuevamente el hombrecito—, ustedes mismos pueden hacerle las preguntas que gusten.
—Anda, Frantik, ¡pregúntale algo! —le animó el señor Povondra.
Frantik empezó a contonearse sin saber qué hacer.
—¿Cuánto son ocho por nueve? —exclamó por fin. Seguramente, esto le parecÃa lo más difÃcil de saber.
La salamandra contestó lentamente.
—Setenta y dos.
—¿Qué dÃa es hoy? —preguntó Povondra.
—Sábado —fue la respuesta.
El señor Povondra movió la cabeza admirado.
—¡De verdad! ¡Lo mismo que un hombre! ¿Cómo se llama este pueblo?
La salamandra abrió el hocico y cerró los ojos.
—Ya está cansada —explicó el hombrecito—. ¿Cómo te despides de los señores?
La salamandra se inclinó.
—Mis respetos. MuchÃsimas gracias. Adiós. Hasta la vista —y, rápidamente, se escondió en el agua.