La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Por otra parte, la señorita Blanche Kistemaeckers observó a un macho y dos hembras que tenía cautivos, y cuenta lo siguiente: Durante la época sexual, el macho se mantenía sólo junto a una hembra a la que perseguía con bastante brutalidad, pegándole fuertes golpes con la cola cuando trataba de escapársele. No le gustaba que tomase ningún alimento y trataba de apartarla de la comida; podía notarse claramente que la quería para sí solo y por eso la aterrorizaba. Cuando soltó la masa fecundante, se lanzó sobre la otra tratando de devorarla. Hubo que sacarlo del recipiente y colocarlo en otro. A pesar de todo, la segunda hembra puso también huevos fecundados, en número de sesenta y tres. La señorita Kistemaeckers advirtió, sin embargo, que los tres animales tenían en aquellos días muy inflamados los órganos expelentes. Parece ser, escribía la señorita, que en los Andrias Scheuchzeri la fecundación no se efectúa por copulación, ni por la masa fecundante, sino por algo que podríamos llamar milieu o «ambiente» sexual. Como se ve, no hace falta ni la unión parcial para conseguir la fecundación de los huevos. Esto incitó a la joven investigadora a hacer otros interesantes experimentos. Separó al macho de las hembras y, cuando llegó el momento oportuno, exprimió la masa fecundante del macho, poniéndola en el agua en que estaban las dos hembras. Éstas empezaron a poner huevos fecundados. En otro experimento filtró la señorita Blanche Kistemaeckers el esperma del macho, y el filtrado, libre de los cuerpos envolventes (era un líquido puro, un poco ácido), lo puso en el agua de las hembras. También en este caso las hembras empezaron a poner huevos, unos cincuenta cada una, de los que la mayoría estaban fecundados y produjeron renacuajos normales. Esto, precisamente, condujo a la señorita Blanche a una deducción muy importante sobre los medios sexuales, que crean un cambio independiente entre la partenogénesis y la multiplicación sexual. La fecundación de los huevos se produce, sencillamente, por un cambio químico del ambiente (cierta acidificación que, hasta ahora, no se ha conseguido producir artificialmente), cambio que, de alguna forma, tiene relación con las funciones sexuales del macho. Pero estas funciones, de por sí, no son necesarias. Eso de que el macho se mantenga pegado a la hembra es, seguramente, un residuo de la forma de multiplicarse en tiempos antiguos, cuando Andrias se reproducía igual que otras salamandras. Esa unión es, en realidad —como dice acertadamente la señorita Kistemaeckers—, una especie de ilusión de paternidad; en realidad, el macho no es el padre de los renacuajos, sino que es una especie de medio químico —básicamente impersonal— el que produce la fecundación. Si tuviésemos en un recipiente cien parejas de Andrias Scheuchzeri unidas, pensaríamos que estábamos presenciando cien actos independientes de fecundación. Pero, en realidad, se efectuaría un solo acto, o sea, la sexualización colectiva del ambiente dado o, dicho más exactamente, la acidificación del agua en la que los huevos maduros de Andrias reaccionan automáticamente desarrollándose en renacuajos. Prodúzcase artificialmente ese ambiente ácido, y no se necesitarán machos. Así pues, la vida sexual del extraordinario Andrias se nos aparece como una Gran Ilusión. Su pasión erótica, su matrimonio y su tiranía sexual, su fidelidad temporal, su pesado y lento placer, todo son cosas inútiles, pasadas, casi simbólicas, que acompañan o, mejor dicho, adornan, el acto en realidad impersonal del macho, con el que se crea el ambiente fecundante. La misma indiferencia con que la hembra recibe ese frenético e inútil cortejo del macho, testimonia claramente que, en este noviazgo, ella siente instintivamente que se trata de una especie de ceremonia o introducción al acto de alianza, en el que los sexos producen el medio fecundante. Podríamos decir que la hembra Andrias comprende este estado de cosas más claramente y lo vive sin ilusiones eróticas.