La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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«La cuestión es: ¿Hay o hubo alguna vez un hombre capaz de ser feliz? El hombre, como cada ser viviente, sí; pero la Humanidad, nunca. Toda la desgracia del hombre consiste en que fue obligado a convertirse en Humanidad, o quizá en que se convirtió en Humanidad demasiado tarde, cuando ya había una diferencia incorregible de naciones, razas, fes, estados y clases, cuando ya había pobres y ricos, cultos e incultos, gobernantes y gobernados. Poned en un solo rebaño caballos, lobos, ovejas y gatos, zorras y ciervos, osos y cabras; encerradlos en un corral y obligadles a vivir en esta confusión a la que se llama “leyes sociales”, y a respetar ciertas reglas necesarias para la vida. Será un rebaño desgraciado, poco satisfecho, fatalmente indiferente, en el que ni una sola de las criaturas de Dios se sentirá en su casa. Éste es un cuadro exacto del gran rebaño heterogéneo y sin esperanzas al que se llama Humanidad. Naciones, razas, clases, no pueden vivir continuamente juntas sin fastidiarse y agobiarse mutuamente, hasta llegar a la intolerancia. Pueden vivir eternamente separadas —lo que sería posible si el mundo fuese lo bastante grande para ello—, o unas contra otras, en una lucha de vida o muerte. Para los grupos biológicos humanos como la raza, la nación o la clase, hay solamente un camino hacia la homogeneidad y la felicidad, y es hacerse sitio para sí y aniquilar a los demás. Y esto es, precisamente, lo que el género humano olvidó hace mucho. Hoy ya es tarde para ello. Nos hemos agenciado demasiadas doctrinas y compromisos con los que defendemos “a los otros” en lugar de sacudírnoslos de encima. Inventamos reglamentos sobre moral, derechos humanos, compromisos, leyes, igualdad, humanidad y muchas otras cosas. Creamos una Humanidad de ficción que nos precipita, a nosotros y “a los otros”, en una especie de unidad superior. ¡Qué fatal equivocación! Hemos puesto la ley moral sobre la ley biológica. Hemos alterado las grandes bases naturales de toda la sociedad, que dicen que solamente una sociedad homogénea puede ser feliz en común. Esta felicidad alcanzable la hemos sacrificado a un sueño grande, pero inalcanzable. Crear una Humanidad y un solo orden con todos los hombres, las naciones, las clases sociales y los niveles de vida. Fue una formidable tontería, podríamos decir, el único esfuerzo del hombre por elevarse sobre sí mismo, digno de respeto. Y por este, su magnánimo idealismo, paga hoy el género humano con su inevitable destrucción».


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