La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Redactor Golombek.
El señor grueso alzó la vista.
—What? ¿Qué?
—Soy el redactor Valenta.
—Y yo el redactor Golombek.
El señor grueso se levantó con dignidad.
—Capitán J. van Toch, servidor de ustedes. Very glad. Siéntense, muchachos, por favor.
Los dos señores se sentaron satisfechos.
—¿Qué beberán, muchachos?
—Un refresco de frambuesa —indicó el señor Valenta.
—¿De frambuesa? —repitió incrédulo el capitán—. ¿Por qué? ¡Posadero! Tráigales unas cervezas. Bien. ¿Y qué es lo que quieren? —dijo apoyando el codo sobre la mesa.
—¿Es cierto que nació usted aquÃ, señor van Toch?
—SÃ. Aquà he nacido.
—Por favor, dÃgame, ¿cómo llegó usted al mar?
—VÃa Hamburgo.
—¿Y cuánto tiempo ha sido usted capitán?
—Veinte años, muchachos. Y la documentación la tengo aquà —dijo golpeando enérgicamente el bolsillo de su chaqueta—, para enseñársela a quien la quiera ver.