La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras El señor Golombek tenÃa grandes deseos de verla, pero se contuvo.
—En esos veinte años, capitán, habrá visto usted una buena parte del mundo, ¿no es as�
—SÃ, un buen pedacito. SÃ.
—¿Y dónde ha estado?
—En Java, Borneo, Filipinas, las islas Fidji, las Solomón, las Carolinas, Samoa, la maldita isla de Cliperton. Una serie de malditas islas, muchachos. ¿Por qué lo preguntan?
—Por nada, porque es interesante. Nos gustarÃa que nos contase muchas cosas, ¿sabe?
—¡Ajá! Entonces ustedes preguntan sin ton ni son, ¿no?
El capitán fijó en ellos sus ojos azul pálido.
—¿No son ustedes de la pólice? Quiero decir, de la policÃa, ¿no?
—No, capitán. Somos periodistas.
—¡Ah, de los periódicos! Reporteros, ¿eh? Entonces pueden escribir: Capitán J. van Toch, capitán del barco Kandong Bandoeng.
—¿Cómo ha dicho?
—Kandong Bandoeng, de puerto Surabaya. Objeto del viaje: vacances… ¿cómo se dice?
—Vacaciones.