La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Ah, sÃ, vacaciones. Pongan entonces en el periódico quién llegó a puerto. Y ahora, guarden ya sus notas, jóvenes. ¡A su salud, muchachos!
—Señor van Toch, hemos venido para que usted nos cuente algo de su vida.
—¿Y por qué?
—Para escribirlo en nuestro periódico. Al público le interesará mucho leer algo sobre los paÃses lejanos y lo que pasó y vivió en ellos su compatriota, un checo natural de JevÃcko.
El capitán asintió con la cabeza.
—Es cierto, muchachos, soy el único capitán de JevÃcko. Asà es la cosa. Dicen que también hay aquà un capitán, pero será de alguna mecedora… Yo creo que no es un verdadero capitán —añadió confidencialmente—. Eso se mide según el tonelaje del barco, ¿saben ustedes?
—¿Y qué tonelaje tiene su barco, capitán?
—Mil doscientas toneladas, muchachos.
—Entonces, usted es un gran capitán.
—SÃ, muy grande —dijo van Toch con dignidad—. Muchachos, ¿tienen dinero?
Los dos señores se miraron un poco confusos.
—Tenemos, pero poco. ¿Acaso necesita usted, capitán?
—SÃ. NecesitarÃa.