La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Entonces se escuchó una voz ronca, cansada, pero que, sin embargo, resonaba majestuosamente en medio del silencio de la noche: «¡Haló, hombres! Luisiana, Kingsu, Senegambia, sentimos mucho las pérdidas de vidas humanas. No queremos ocasionar víctimas innecesarias. Queremos solamente que evacuéis las costas en los lugares que os señalaremos de antemano. Si lo hacéis así, se evitarán sensibles desgracias. La próxima vez os advertiremos, por lo menos con 14 días de anticipación, en qué lugares vamos a ampliar nuestros mares. Hasta ahora hemos efectuado solamente ensayos técnicos. Vuestros explosivos han dado un resultado magnífico. Muchas gracias».
«¡Haló, hombres! Conservad la calma. No tenemos propósitos hostiles contra vosotros. Pero necesitamos más agua, más bancos de arena. Somos demasiadas. Vuestras costas ya no nos bastan. Por eso tenemos que destruir vuestros continentes. Haremos de ellos bahías e islas. Así podremos multiplicar por cinco la longitud de las costas del mundo. Vamos a construir nuevos bancos de arena. No podemos vivir en las profundidades de los mares. Vamos a necesitar vuestros continentes como material para rellenar el fondo de los mares. No nos guía el interés de perjudicaros, pero somos demasiadas. Por ahora os aconsejamos que os trasladéis a las ciudades del interior. Podéis vivir en las montañas, porque es lo último que derrumbaremos».