La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Esperen —dijo el capitán—, puedo mostrarles algo. —Buscó con sus gruesos dedos en el bolsillo del chaleco, sacó algo y lo puso sobre la mesa. Eran tres perlas rosadas del tamaño de huesos de cerezas—. ¿Entienden ustedes de perlas?
—¿Qué valor pueden tener? —jadeó el señor Valenta.
—Yes, lots of money, muchachos. Éstas las llevo solamente como muestra. Bueno qué, ¿quieren asociarse conmigo? —dijo alargando a través de la mesa su amplia mano.
El señor Golombek suspiró.
—Señor van Toch, ¡tanto dinero!…
—¡Alto! —le interrumpió el capitán—. Ya sé… tú no me conoces, pero pregunta por el capitán van Toch en Surabaya, en Batavia, en Padang, ¡donde quieras! Ve y pregunta, y todos te dirán: «Yes, Captain van Toch, he is as good as his word».
—Señor van Toch, no es que no le creamos —protestó el señor Golombek—, pero…