La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Espera! —ordenó el capitán—. Ya sé, tú no quieres dar tu bonito dinero sólo porque sÃ. ¡Eso es elogiable, muchacho! Pero vas a invertir tu dinero en un barco, ¿comprendes? Tú compras el barco, te conviertes en naviero y podrás venir conmigo. Yes, puedes venir y verás cómo lo administro. Pero el dinero que se saque con él será fifty-fifty. Es un negocio honrado, ¿no?
—Pero, señor van Toch —pudo articular por fin el señor Golombek un poco agobiado—, ¡si no tenemos tanto dinero!
—¡Ajá! Eso ya es otro cantar —dijo el capitán—. Sorry, señores, pero entonces no comprendo por qué han venido a verme.
—Para que nos cuente su vida, capitán. ¡Usted debe de haber vivido tantas experiencias!
—Eso sÃ, muchachos; ¡muchas experiencias tengo yo!
—¿Ha naufragado usted alguna vez?
—¿Qué quiere decir? Ship-wrecking? ¡Eso no! ¿Qué te has creÃdo tú, hombre? Si me das un buen barco, no puede ocurrirle nada. Si quieres informes sobre mÃ, pregunta en Amsterdam, pregunta.
—¿Y qué tal los nativos de aquellas islas? ¿Conoció usted a muchos nativos?
El capitán van Toch sacudió la cabeza.