La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Eso no es tema para gente culta. Esas cosas se callan.
—Pues cuéntenos cualquier otra cosa.
—Yes, contar —gruñó el capitán con desconfianza—. Y ustedes, después, van con el cuento a cualquier compañÃa y ella envÃa allà sus barcos. Te digo, my lad, que la gente es muy ladrona. Y los más ladrones son esos banqueros de Colombo.
—¿Ha estado muchas veces en Colombo?
—Yes, muy a menudo. Y también en Bangkok y en Manila. ¡Jóvenes! —dijo de pronto—, yo sé de un barco muy útil a un precio muy barato, que está en Rotterdam. Vengan conmigo a verlo. Rotterdam está ahà al lado —y señaló con el Ãndice por encima del hombro—. Ahora los barcos están muy baratos, a precio de chatarra. Éste es un barco de unos seis años, con motor diesel. ¿Quieren verlo, muchachos?
—No tenemos tiempo, señor van Toch.
—¡Qué gente tan rara son ustedes! —suspiró el capitán, y se sonó ruidosamente en el cielo azul de su inmenso pañuelo—. ¿Y no saben de alguien que quiera comprar un barco?
—¿AquÃ, en JevÃcko?
—Yes, aquà o cerca de aquÃ. Yo quisiera que este gran negocio lo hiciese alguien de mi tierra.
—Es usted muy bondadoso, capitán.