La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Cierto, cierto —se alegró ruidosamente Bondy, pero sintiendo como una especie de decepción. (¡Asà que no es holandés!).
—SÃ, la tienda de granos van Toch, en la plaza, ¿verdad? No ha cambiado usted mucho, señor van Toch. ¡Siempre el mismo viejo! Y, ¿qué?, ¿cómo le va la tienda?
—Gracias —contestó el capitán atentamente—. Papá hace tiempo que se fue… ¿cómo se dice?
—¿Murió? ¡Caramba, caramba! ¡Si es verdad! Usted debe de ser el hijo. —Los ojos del señor Bondy se animaron con los recuerdos—. ¡Hombre de Dios! ¿No es usted aquel van Toch con el que me pegaba yo en JevÃcko cuando éramos pequeños?
—Yes, yes, ése soy yo —confirmó el capitán seriamente—. Por ese motivo me mandaron mis padres a Moravská Ostrava.
—Peleábamos muy a menudo, pero usted era más fuerte que yo —reconocÃa sinceramente el señor Bondy.
—SÃ, sÃ. Usted entonces era un judiÃto flacucho, y aguantaba mucha leña en el trasero… ¡MuchÃsima!
—Es verdad, mucha leña —recordó G. H. Bondy conmovido—. Bueno, siéntese, paisano. Es usted muy amable al haberse acordado de mÃ. Y, ¿de dónde sale, capitán?