La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Un galón —gruñó el capitán, aplastando la cerilla encendida contra la alfombra—. En Aden hacía un calor terrible, muchacho. Yo tengo una novedad que contarte, señor Bondy. De las islas de la Sonda, ¿sabes? Allí se podría hacer un negocio formidable. A big business. Pero para eso, tendría que contarte toda… ¿cómo se dice?, the story, ¿no?

—La historia.

—Yes. Es una magnífica historia, señor. Espere —el capitán clavó en el techo sus azules ojos color nomeolvides—. No sé por dónde empezar.

«Otro negocio» —pensó G. H. Bondy. «¡Señor, qué aburrimiento! Me va a decir que podría exportar máquinas de coser a Tasmania, o calderas de vapor e imperdibles a las Fidji. ¡Formidable negocio!, ya sé… Para eso ha venido. ¡Al demonio! Yo no soy ningún tendero. Tengo fantasía, soy un poeta a mi manera. ¡Cuénteme, marinero, de las Sindibads o de Surabaya, o de las islas Fénix! ¿No te llevó a su nido un grifo? ¿No vuelves con un cargamento de perlas, canela y bezoar? ¡Venga hombre, empieza a mentir!».

—Bien, creo que empezaré por lo de aquellos animales —dijo el capitán.

—¿Por qué animales? —preguntó extrañado el financiero Bondy.

—Bueno, con esos… ¿cómo se dice?… lizards.

—¿Lagartos?


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