La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Yes, ¡caramba!, lagartos. Allí hay unos lagartos, señor Bondy…

—¿Dónde?

—En una de aquellas islitas. El nombre no se lo puedo decir, muchacho. Es un gran secreto, que vale muchos millones. —El capitán van Toch se secó la frente con su pañuelo—. Oye, ¿dónde está esa cerveza?

—En seguida la traen, capitán.

—Yes. Está bien. Para que usted lo sepa, señor Bondy, son animales muy simpáticos y muy buenos, esos lagartos. Yo los conozco muy bien, muchacho —el capitán dio un puñetazo en la mesa—: y eso de que son diablos, es una gran mentira. A damned lie, sir. Más fácil es que usted o yo seamos diablos, ¡yo, el capitán van Toch, señor! Puede usted creerme.

G. H. Bondy empezó a inquietarse. «Delirium» se dijo. «¿Dónde estará ese maldito Povondra?».

—Allí hay unos cuantos miles de lagartos, pero los devoran esos… ¡caramba!, ¿cómo se dice? Sharks.

—¿Tiburones?

—Yes, tiburones. Por eso son tan escasos esos lagartos, señor Bondy, y solamente existen en un lugar de la costa que no le puedo decir.

—Entonces, ¿esos lagartos viven en el mar?

—Yes, en el mar. Solamente cuando anochece salen a la orilla, pero a las pocas horas tienen que volver de nuevo al agua.


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