La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¿Lo ves, muchacho? —exclamó el capitán van Toch complacido—. Durante el dÃa calculé bien todo el asunto. Pensé: «Voy a… domesticar, ¿no?, a esos lagartos, y ellos me traerán shells con perlas. En esa BahÃa del Diablo las debe de haber a montones». Asà pues, volvà a ir al dÃa siguiente, pero no tan tarde. Cuando empezaba a ponerse el sol, los lagartos sacaron sus cabezotas del agua, por aquà y por allá, hasta que se llenó la playa de ellos. Yo me senté en la playa y hacÃa: Chiss, chiss, chiss… De pronto miro, y veo que se acerca un tiburón. Solamente salÃan del agua sus aletas. Luego se oyó, ¡plas!, y desapareció un lagarto. Conté unos doce tiburones que a la caÃda del sol se dirigÃan hacia la BahÃa del Diablo. Señor Bondy, en una sola tarde esas fieras se tragaron veinte de mis lagartos —rezongó el capitán, sonándose con rabia—. Yes, más de veinte. Es cosa natural, un lagarto con esas patas no puede defenderse. Uno llorarÃa al ver un caso asÃ. ¡Si hubieras estado allÃ, muchacho!
El capitán se quedó un momento pensativo.
—Es que yo soy muy amante de los animalitos, hombre —dijo finalmente, levantando su mirada hacia G. H. Bondy—. No sé qué pensará de esto que le he contado, capitán Bondy.
El señor Bondy movió la cabeza para manifestar que estaba completamente de acuerdo.