La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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—Entonces, me alegro —dijo contento van Toch—. Esos tapa-boys son muy buenos y sensatos. Cuando uno les habla, prestan atención como si estuviesen escuchando a su amo. Y, más que nada, esas manitas suyas… ¿sabes, muchacho? Yo soy un hombre viejo y no tengo familia… Yes, un hombre completamente solo en el mundo —gruñó el capitán, tratando de disimular su emoción—. Esos lagartos son tremendamente simpáticos, hay que reconocerlo. ¡Si no los devorasen los tiburones! Cuando yo empecé a tirarles piedras, quiero decir a esos sharks, ellos, los tapa-boys, empezaron a tirarles también. Es verdad que no alcanzaban muy lejos, porque tienen los brazos muy cortitos, pero, de todos modos, oye, es extraño. «Si son tan mañosos, muchachos», les dije, «traten de abrir una madreperla con mi navaja». Y dejé la navaja en el suelo. Al principio parecían tímidos, pero luego uno de ellos tomó la navaja y probó a meter la punta entre las dos conchas. «Hay que ir abriéndola poco a poco», le dije, «¿ves?, torciendo la navajita y ¡ya está!». El pobrecito probaba y probaba, hasta que al fin se oyó un crujido y el molusco se abrió. «¿Lo ves?», le dije, «¡si es muy sencillo! Si lo sabe hacer uno de esos paganos cingaleses o batacos, ¿cómo no iba a hacerlo un tapa-boy?». Yo, desde luego, no podía decirles a los lagartos que el que hubiesen abierto una concha era algo maravilloso y extraordinario. Pero ¡créame usted!, yo estaba… bueno, completamente thunderstruck.


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