La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Sencillamente, los padres no pueden comprender, eso es todo. Y Mr. Abe, suspirando tiernamente, tapó con una punta del albornoz el blanco tobillo de su Queridita Li. «¡Qué fastidio —pensó confuso—, que yo tenga unas piernas tan terriblemente peludas!».