La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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«¡Dios mío, qué hermoso es todo esto, qué hermoso! Lástima que Li no lo vea». Mr. Abe contempló la firme línea de su cadera y, por una especie de asociación, empezó a pensar en el arte. Su Queridita Li era una artista. Artista cinematográfica. Verdad es que todavía no había rodado ninguna película, pero estaba firmemente decidida a ser la mayor estrella cinematográfica de todos los siglos, y Li solía conseguir siempre lo que quería. «Eso es precisamente lo que mamá no comprende», pensó Abe. «Una artista es, sencillamente, artista, y no puede ser como las demás jovencitas. Y, además, hay jovencitas que tampoco son diferentes a mi Li», decidió Mr. Abe. «Por ejemplo, esa Judy del yate, ¡una muchacha tan adinerada!… y yo sé muy bien que Fred va a su camarote cada noche, mientras que Li y yo… En resumen, Li no es de ésas. Yo le deseo mucha suerte a Baseball Fred», pensó magnánimo el joven Abe, «es mi mejor amigo de la Universidad, pero ¡cada noche! Una muchacha tan adinerada no debería hacer eso. Quiero decir, una muchacha de una familia como la de Judy. Y, además, Judy no es artista. ¿De qué hablarán a veces estas muchachas? —pensó Abe—, y ¡cómo les brillaban los ojos! Fred y yo nunca hablamos de esas cosas». El señor Abe siguió su meditación: «Li no debería beber tantos cócteles, después no sabe lo que dice. Como, por ejemplo, esta tarde… ¡Ha sido todo tan desagradable! Esa discusión que han tenido ella y Judy, sobre cuál de las dos tenía las piernas más bonitas… ¡Está claro que Li!, lo sé muy bien. Y a Fred no se le debía haber ocurrido que hiciésemos un concurso de belleza de piernas. Eso estaría bien en Palm Beach, pero no en la intimidad. Además, las muchachas no tenían ninguna necesidad de haberse levantado tanto las faldas. ¡Aquello ya no eran solamente piernas! Por lo menos, Li no debía haberlo hecho y, precisamente, delante de Fred. ¡Y una muchacha tan adinerada como Judy no está bien que haga esas cosas! Creo que yo tampoco hice bien en llamar al capitán para que juzgase qué par de piernas eran más bonitas. Hice una tontería. Y, ¡cómo enrojeció el capitán y se le erizaron los bigotes! Después dijo solamente: “Perdonen” y se marchó dando un portazo. Violento. Terriblemente violento. El capitán no necesitaba ser tan brusco. Después de todo, es mi yate, ¿no?… Es verdad que el capitán no tiene aquí ninguna amiguita. ¿Cómo puede, el pobre, mirar tranquilo estas cosas? Quiero decir, si tiene que estar solo. ¿Y por qué ha llorado Li cuando Fred ha dicho que Judy tenía mejores piernas? Luego me dijo Li que Fred era un grosero, y que le había estropeado todo el viaje… ¡Pobrecita Li!… Y ahora las chicas no se hablan, y cuando me he acercado a charlar con Fred, Judy lo ha llamado como si fuera su perro. ¡Después de todo, Fred es mi mejor amigo! Es natural; si es amante de Judy, ha de decir que ella tiene las piernas más bonitas. Pero, claro, no necesitaba afirmarlo tan rotundamente. Ha sido una falta de delicadeza… Li tiene razón cuando afirma que Fred es un chiquillo mal educado, prendado de sí mismo. ¡Un chiquillo terrible! En realidad, me había imaginado este viaje de otra manera… ¡Maldita la hora en que invité a Fred!».


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