La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras Mr. Abe se dio cuenta de que ya no contemplaba embriagado el mar nacarado, sino que estaba realmente molesto, ¡muy molesto!, mientras jugaba con la arena y las conchas. Se sentía incómodo y destemplado. Papá Loeb le había dicho: «Anda a ver un poco de mundo». «¿Hemos visto acaso un poco de mundo?». Mr. Abe trató de recordar todo lo que había visto, pero a su memoria volvía la imagen de Judy y de su Queridita Li enseñando las piernas, y Fred, el corpulento Fred, en cuclillas ante ellas. Abe se enfurruñó todavía más. «¿Cómo se llama esta isla de coral? Taraiva, creo que dijo el capitán. Taraiva o Tahuara o, ¿quizá Taraiha-tuara-ta-huara? ¡Si al menos no hubiese llamado al capitán!», pensó enojado Mr. Abe. «He de hablar con Li para que no vuelva a hacer cosas parecidas. ¡Dios mío! ¿Cómo puedo quererla tan terriblemente? Cuando se despierte le hablaré. Le diré que nos podríamos casar…». Mr. Abe tenía los ojos llenos de lágrimas. «¡Dios mío!, ¿es amor o dolor?, ¿o es este dolor la causa de que la quiera tanto?».
Los párpados sombreados de azul de su Queridita Li, parecidos a dos delicadas conchitas, se movieron.
—Abe —dijo medio dormida—, ¿sabes qué pienso? Que en esta islita se podría hacer una película for-mi-da-ble.
Mr. Abe cubrió con arena sus piernas terriblemente peludas.