La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Una idea magnÃfica, Queridita. Y… ¿qué clase de pelÃcula?
Queridita Li abrió sus enormes ojos azules.
—Bueno… imagÃnate que yo fuera una Robinsona en esta isla. ¿Verdad que es una idea magnÃfica y original?
—Sà —contestó Mr. Abe, poco seguro—. ¿Y cómo habrÃas llegado hasta aquÃ?
—MagnÃficamente —respondió una dulce voz—. ¿Sabes?, nuestro yate naufragarÃa y todos vosotros os ahogarÃais, Judy, el capitán, ¡todos!
—¿Y Fred también? Fred nada magnÃficamente.
La lÃmpida frente se ensombreció.
—Bien, pues a Fred lo devorarÃa un tiburón. SerÃa un detalle formidable —dijo aplaudiendo Queridita—. Fred tiene un cuerpo terriblemente precioso para eso, ¿no te parece?
Mr. Abe lanzó un suspiro.
—¿Y qué más?
—Y a mÃ, que habrÃa perdido el conocimiento, me arrastrarÃa una ola hasta la orilla. LlevarÃa puesto ese pijama, el azul a rayas que tanto te gustó anteayer. —Entre los párpados entreabiertos navegó una profunda mirada, ejemplo de seducción femenina—. En realidad tendrÃa que ser una pelÃcula en colores, Abe. Todos dicen que el azul va muy bien con mi cabello.