La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —Pero si aquà no hay gorilas —exclamó poco convencido.
—Hay. Aquà hay toda clase de animales imaginables. Debes ver las cosas desde el punto de vista artÃstico, Abe. A mi tez le sentarÃa un gorila oscuro magnÃficamente. ¿Te has fijado qué piernas tan peludas tiene Judy?
—No —respondió Abe, a quien no le agradaba el tema.
—Unas piernas terribles —continuó Queridita, mirándose sus pantorrillas—. Y cuando el gorila me llevara en sus brazos, saldrÃa de la selva un joven y hermoso salvaje y me salvarÃa.
—¿Cómo irÃa vestido?
—LlevarÃa un arco —decidió sin vacilar Queridita— y una corona de flores silvestres en la cabeza. Y ese salvaje me llevarÃa prisionera a una tribu de canÃbales.
—Aquà no existen canÃbales —dijo Abe, tratando de defender la islita de Tahuara.