La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Sà que los hay! Y esos canÃbales me querrÃan sacrificar a sus dioses, y cantarÃan para celebrarlo canciones hawaianas, ¿sabes?, como ésas que cantan los negros en el Café ParaÃso. Pero el canÃbal joven se enamorarÃa de mà —suspiró Queridita, abriendo los ojos de par en par con entusiasmo— y todavÃa se enamorarÃa de mà otro salvaje, quizás el jefe de la tribu… y después, un blanco…
—¿Y de dónde saldrÃa el blanco? —preguntó, para estar seguro, el señor Abe.
—EstarÃa también prisionero de la tribu. PodrÃa ser algún famoso tenor que cayó en manos de los salvajes. Es para que pueda cantar en la pelÃcula, ¿sabes?
—¿Y cómo irÃa vestido?
Queridita examinó el dedo pulgar de su pie.
—IrÃa vestido… sin nada, como van los canÃbales.
Mr. Abe movió con desaprobación la cabeza.
—Queridita, eso es imposible. ¡Si todos los tenores famosos son terriblemente gordos!
—¡Qué lástima! —exclamó Queridita—. Entonces Fred podrÃa interpretar el papel del blanco, y el tenor cantarÃa. ¿Sabes cómo se hace la sincronización en las pelÃculas?
—¡Pero si a Fred se lo habÃa tragado un tiburón!