La guerra de las salamandras

La guerra de las salamandras

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Queridita se enfadó.

—No seas tan terriblemente realista, Abe. Contigo es imposible hablar de arte. Y ese jefe de la tribu enlazaría mi cuerpo con un cordón de perlas…

—¿De dónde las iba a sacar?

—Aquí hay una barbaridad de perlas —aseguró Li—. Y Fred, lleno de celos, boxearía con ellos en las rocas, sobre el oleaje furioso del mar. Fred estaría formidable en silueta, teniendo como fondo el cielo, ¿no te parece? ¿Verdad que es una idea formidable? Durante la lucha, los dos caerían al mar —Queridita resplandeció—, y aquí podríamos poner ese detalle del tiburón. ¡Qué rabia le daría a Judy si Fred trabajara conmigo en una película! Y yo me casaría con aquel hermoso salvaje. —Cabellos de oro Li se puso en pie de un salto—. Estaríamos aquí, en esta orilla… contra la puesta del sol, completamente desnudos… Y la película acabaría lentamente… —Li se quitó el albornoz—. ¡Voy a bañarme!

—No te has puesto el bañador —advirtió Abe angustiado, volviéndose hacia donde estaba el yate para ver si alguien miraba. Pero su Queridita Li ya bailaba por la arena en dirección a la laguna.


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