La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras «¡Caramba!, ¡que se bañe ya de una vez!», pensó Abe, molesto. «¡Pero qué bonita estaba antes, acostada en la arena, hecha un ovillito y envuelta en el albornoz de felpa! ¡Su Queridita Li!». Y Abe, lleno de emoción, suspiró y besó la manga de su albornoz. SÃ, la querÃa terriblemente, tanto que sentÃa un dolor en su corazón.
De pronto se oyó un grito penetrante que llegaba del lago.
Abe se puso de rodillas para ver mejor. Su Queridita Li gritaba, agitaba los brazos y corrÃa presurosa hacia la orilla saltando y salpicando a su alrededor… Abe se levantó y corrió hacia ella.
—¿Qué te pasa, Li?
«¡Mira qué manera tan rara de correr tiene!», le advertÃa la voz frÃa y criticona… «¡Levanta tan exageradamente las piernas! Y, además, ¿para qué agita tanto las manos a su alrededor? En resumen, el correr no le favorece mucho, que digamos… Y además, ¡hay que ver cómo cacarea, eso es, cacarea!».
—¿Qué te pasa, Li? —gritó Abe corriendo en su ayuda.
—¡Abe, Abe! —exclamó Li castañeteándole los dientes y, ¡zas!, se colgó de su cuello mojada y frÃa—. Abe, en el agua habÃa un animal raro.
—No es nada —la consoló Abe—, seguramente algún pez.