La guerra de las salamandras
La guerra de las salamandras —¡Si tenÃa una cabezota terrible! —gimió Queridita apretando su naricilla mojada contra el pecho de Abe.
Abe le hubiera querido dar unos golpecitos en la espalda para tranquilizarla, pero en un cuerpo mojado eso produce demasiado ruido.
—¡Ea, ea! —gruñó—. Mira, ya no hay nada.
Li miró desconfiada hacia la laguna.
—Ha sido algo tan terrible… —suspiró. Y, de pronto, empezó a gritar de nuevo—. ¡AllÃ… allÃ! ¿Lo ves?
Hacia la orilla se aproximaba lentamente una cabezota negra, cuyas fauces se abrÃan y cerraban. Queridita gritó histéricamente y empezó a correr como una desesperada playa adentro.
Abe estaba indeciso. ¿DebÃa seguir a Li para protegerla, o quedarse quieto, para demostrarle que no le tenÃa miedo a aquel bicho? Decidió, desde luego, lo segundo. Se acercó hacia la orilla hasta que el agua le mojó los tobillos, y con los puños cerrados miró al animal a los ojos. La cabeza negra se paró, se balanceó en forma rara y dijo: Chiss, chiss, chiss…
Abe sintió cierta angustia, pero la disimuló lo mejor que pudo.
—¿Qué hay? —dijo secamente dirigiéndose a la cabezota.
—Chiss, chiss, chiss —respondió el animal.