La krakatita
La krakatita —Extraño, ¿verdad? —dijo con una mueca el señor Carson—. Lo tengo apuntado, caballero: el martes dÃa tal, a las diez y treinta y cinco y unos cuantos segundos, interferencia en todas las estaciones desde Reval, etc., etc. Y a nosotros, en ese mismo segundo, nos explota «por sà misma», como a usted le gusta decir, cierta cantidad de su krakatita. ¿Eh? ¿Qué? Detto el siguiente viernes a las diez y veintisiete y algunos segundos, interferencia y explosión. Item el siguiente martes a las diez y media, explosión e interferencia. Etcétera. Excepcionalmente, en contra del horario, también hubo interferencias una vez el lunes a las diez y veintinueve treinta segundos. Detto explosión. Hace clic al segundo. Ocho veces de ocho. Divertido, ¿eh? ¿Qué opina al respecto?
—No… no sé —masculló Prokop.
—Entonces le diré una cosa más —soltó el señor Carson después de reflexionar largo rato—. El señor TomeÅ¡ trabajaba con nosotros. Es un inútil, pero sabe algo. El señor TomeÅ¡ se hizo instalar un generador de alta frecuencia y nos cerró la puerta en las narices. Canalla. En mi vida habÃa escuchado que en la quÃmica ortodoxa se trabajara con máquinas de alta frecuencia, ¿verdad? ¿Qué me dice?