La krakatita
La krakatita —Bueno… en absoluto —dijo a modo de evasiva Prokop, mirando intranquilo a su propio generador electrógeno seminuevo, colocado en un rincón. El señor Carson cazó al vuelo esa mirada.
—Hum —dijo—, usted también tiene aquà ese juguetito, ¿eh? Bonito transformador. ¿Cuánto le costó? —Prokop frunció el ceño, pero Carson se regodeaba en silencio—. Creo —dijo con creciente felicidad—, que serÃa algo fabuloso si se consiguiera en alguna sustancia… digamos con ayuda de alta frecuencia… en un campo disruptivo o similar… hacer vibrar, resquebrajar, liberar la estructura interna de tal modo que bastara con dar un golpecillo desde lejos… con ciertas ondas… descargas… oscilaciones o el diablo sabe qué, para que esa sustancia se desintegrase, ¿verdad? ¡Bum! ¡A distancia! ¿Qué me dice? —Prokop no dijo nada, y el señor Carson, chupando con deleite el cigarro, se cebaba en él—. Yo no soy electricista, ¿sabe? —comenzó a decir al momento—. A mà me lo ha explicado un cientÃfico, pero que me ahorquen si lo he entendido. El hombre me vino con electrones, iones, cuantos elementales o como se llamen; y finalmente ese iluminado de la cátedra sentenció que, en resumen, no era posible en absoluto. ¡Amigo, se ha lucido! Ha hecho usted algo que, según eminencias de fama mundial, no es posible…