La krakatita
La krakatita Decididamente no era posible que frecuentara aquellas calles ruidosas y lúgubres por las cuales uno pasa sólo apresuradamente; ni la aridez rectilínea de aquellas casas de vecindad sin rostro, ni la suciedad ni los escombros de la decrepitud. Sin embargo, ¿por qué no podría vivir justo tras aquellos grandes ventanales, tras los que contenía la respiración un umbrío y delicado silencio? Admirado, vagando como en sueños, Prokop fue descubriendo, por primera vez en su vida, todo lo que había en aquella ciudad en la que había pasado tantos años. Dios, cuántos lugares hermosos, en los que transcurre la vida, tranquila y madura, y te seduce cuando estás distraído: ponte límites, ponte límites a ti mismo.