La krakatita
La krakatita Innumerables veces se precipitó Prokop tras jóvenes damas que, en la distancia y en dios sabe qué, le recordaban a la que habÃa visto tan sólo dos veces; corrÃa tras ellas con el corazón latiendo desbocado: ¡y si fuera ella! Y nadie podrá decirnos si era cuestión de clarividencia o de olfato: siempre se trataba de mujeres desconocidas, pero hermosas y tristes, encerradas en sà mismas y escudadas tras una especie de inaccesibilidad. En cierta ocasión ya estaba casi seguro de que era ella; se le hizo un nudo en la garganta, hasta tal punto que tuvo que detenerse para tomar aire. En ese momento la mujer en cuestión se subió al tranvÃa y se marchó. Después de aquello, hizo guardia durante tres dÃas en aquella parada, pero ya no la vio.
Lo peor eran las noches en las que, cansado hasta la extenuación, se retorcÃa las manos entre las rodillas y se esforzaba por urdir un nuevo plan detectivesco. «Dios, nunca abandonaré su búsqueda. Estoy obsesionado, de acuerdo: soy un desequilibrado, un idiota y un manÃaco; pero nunca abandonaré. Cuanto más se me escapa, más intenso es. Simplemente… es… el destino, o lo que sea».